miércoles, 26 de agosto de 2009

Cuerpo II (Jam session)


OK, este es el cuerpo. Se contenta con poco, no hace caso al mate, se contamina de alma. Se duele sin entender, se oscurece, se mancha, se envejece, se cansa. Se alegra, se alerta. Yo nunca lo he llevado bien, ya va siendo hora de confesarlo. Es más torpe de lo que quiero, más llamativo de lo que quiero, más pesado. Será por eso que va por mi vida tratando de funcionar en segundo plano.

Llega primero, da falsas impresiones, se enrosca, disimula, se delata. Este es mi cuerpo: víctima y victimario. Este es mi cuerpo fiesta cuando baila, brinca, ama.

Acá resiste, pero acá, animula vagula blandula. Lo entrego como si nada, lo niego, lo intercambio, lo tengo de prisionero, lo rechazo, lo acojo, lo rearmo.

Ai, cuerpo, que te postergo. Que no te creo, que te hago caso. Cuerpo que vas con conciencia propia, alegre, condenado. Cuerpo como ala, cuerpo como saco.

Cuerpo plataforma primaria, elocuencia de ojos, de boca, de sangre; cuerpo osado, sabio, coherente, castigado. Cuerpo que pides limpiamente lo que la razón jamás habría pronunciado. Cuerpo que al fin te oigo, habla fuerte que me callo. Que distingo tu voz, que me estremece tu sed de tacto.

lunes, 8 de junio de 2009

Profecías (Vigésimo sexta sesión)


Una mujer que miró a los ojos de mi madre, le dijo que yo estaba pagando muchísimo karma. Que venía así, cargada y al borde de la quiebra, a aprender como una esponja, a ver si crezco, parece, de una buena vez.

Ahora la psi quiere verme antes de mí, o al menos antes de esta mí que ahora soy, quiere pasar la frontera y saber si debo intereses en lágrimas, si deposité y no cobré, cuáles son los nombres y las grietas en el debe y el haber.

Yo quiero. Quiero mirar muy atrás para ver el futuro posible. Quiero creer que la plenitud es algo diferente de una utopía. La terapia no es para atrás, aunque cueste entender.

Entonces me visitan sueños extraños, hombres que conozco poco, que tal vez conocí y tienen algo que decir, exilio fantasmas con cartas de condolencias y pongo cada tiempo en su lugar. Ordeno la casa en el día, y recibo mis desórdenes de noche. Hago el aseo y corro después. Me siento auspiciosa. Me agoto a veces, también.

Cuento estrellas cuando nadie me ve. Supersticiosa, a pesar de todo, sé que mi panza espera un signo para creer.

Adentro, todo se mueve. Cada vez tengo menos palabras para decir. Cuando alguien pregunta, no puedo hablar nada de esto y me basta con el "bien".

miércoles, 6 de mayo de 2009

Ausencia (sesión cancelada)

Ya van tres días desde que me duele el lado izquierdo. El ojo izquierdo, la ventanilla izquierda, la mama izquierda, la izquierda del labio. Quiero contarlo a alguien, aunque suene así de extraño. Quiero contar que hace poco me dolía la garganta como si me estuvieran estrangulando las 24 horas. No era miedo, sólo dolor.

Hace noches sueño con hombres que no conozco, que no se parecen en nada entre sí ni se parecen a los hombres que he (des)querido antes. Sólo uno de ellos me gustó, y fue el primero. Era un poco inorgánico, desordenado, creativo y sexi. Era gracioso y no quería nada de mí, pero aceptaba risueño lo que daba. Me cayó bien. Y yo a él. Los otros no: uno era tan aburrido y correcto que me enamoré de su padre, bastante más interesante. Otro era casi un menor de edad y su cara de adolecente recién desflorado hacía imposible cualquier encuentro. Con estos dos últimos discutí. O tal vez sólo discutí conmigo a propósito de ellos.

Abro un libro por instinto y leo coincidencias de siempre: "Cuando vives en la ciudad, aprendes a no dar nada por sentado. Cierras los ojos un momento, o te das la vuelta para mirar otra cosa y aquella que tenías delante desaparece de repente. Nada perdura, ya ves, ni siquiera los pensamientos en tu interior. Y no vale la pena perder el tiempo buscándolos; una vez que una cosa desaparece, ha llegado a su fin. Así es como vivo."

Quiero decir todo esto para comenzar a soplar mi propia madeja. Quiero decirlo así sea a 25 mil la hora. Y entonces una llamada: terapia suspendida.

(...)

Quedo en el umbral de la conciencia, con mis enredos y mis dudas, con los pensamientos saltando de un sitio a otro, muda de improviso y con la izquierda toda adolorida.

jueves, 19 de marzo de 2009

Viajes


K viajó al fondo de la selva. Yo, al otro lado del mundo. Buscábamos lo mismo: oírnos. Entre jaguares y monos aulladores. Entre bandoneones y músicas de carrusel.

G dice que lo que viaja es la ausencia, y que con el trayecto engañamos la inmovilidad. Pero yo creo que a veces se viaja en serio, y el trayecto es escandalosamente mayor que el número de millas acumuladas.

Sobre todo cuando se viaja al centro. Como K. Como yo. Porque entonces vuelve K a su diván y yo a mi psi, las dos con descubrimientos de primera mañana del mundo, con sueños confusos y liberadores aunque todavía duelan las retinas.

Es bueno.

Pero también, como dice K, es aterrador. Porque no se vuelve aunque se vuelva.

Yo, al menos, nunca más volví.

No echo de menos mi paisaje de antes. Pero sí sé que hay sitios emotivos que no podría volver a vivir.

Como la manipulación.

Como la rabia de hacer "para bien" algo que no es más que pésimo por donde se mire.

Como la guía moral de quienes necesitan hacerte calzar con sus rutinas o su postal.

Uno viaja y no hay retorno: se palpa en su entera geografía.

Uno viaja y vuelve para decir muchas muchas muchas veces que no.

Y algunas que sí.

Yo ya no soy un pájaro que sangra, pero hay heridas que desconfían de esta sanidad.

Yo astillé mi cruz hasta convertirla en un modesto crucifijo que, cuando ya no lo espero, me ciñe el cuello.

A veces se vuelve y alguien te espera en el aeropuerto. A veces se vuelve para estar solo. Pero el viaje ya está hecho.

La moneda ha caído y uno sabe que nadie más que uno puede elegir y confeccionar las lámparas del futuro.

Aunque ese futuro aloje, de tanto en tanto, un apagón.

jueves, 26 de febrero de 2009

Antibiótico (Interludio con Mar)

Dicen que un estreptococo ingresó a mi organismo. El síntoma está en la oreja, pero el estreptococo se albergaría en mi diminuta nariz, desde donde, hipotéticamente, coloniza los alrededores.

Como quien dice, el imperialismo del estreptococo.

Va de clandestino, de quebraley, y hasta ahora había pasado inadvertido. Desfilo por los departamentos del centro médico y cada profesional, técnico o administrativo va repitiendo incrédulo: "¿¿en la nariz??"

Deduzco que no es común. Pero claro, qué es común en mi sistema, especialmente después de la araña de rincón. Alguien me dijo que ese hecho marcaba un antes y un después: el veneno y la desorganización de mi sistema inmunológico.

En ese momento lo asocié apenas con estas cosas: enfermedades tontas, infecciones arbitrarias, virus y bacterias que nadie más tiene. Soy como un atrapabichos. Pero no: los fallos de inmunidad eran en todo orden de cosas. Tal vez lo más grave era que yo misma me convertí en una enfermedad autoinmune.

Ahora que, sana de adentro, trago cada ocho horas una pastilla para marginar de mi cuerpo al mal bicho invasor (streptococus go home!), dejo atrás mis intoxicaciones homeopáticas y me entrego a mi solo antibiótico efectivo: unos miligramos de sanidad mental.

(La sobredosis nunca es buena...)

miércoles, 7 de enero de 2009

La escena (Décima sesión)

La escena estaba congelada. Él fumando, quebrado de dolor; ella recién llegada, cerca de la puerta, culposa y desenamorada; el silencio terrible en medio y la nenita escondida tras la puerta. Nadie la ve. Es pequeña y calla.

Sabe que pasa algo muy grave: está aterrada. Cree que se va a quedar sin casa. Cree que él se va a morir de dolor. Cree que ella se va a ir de una buena vez, como querría hacer hace tanto. Sabe. Pero no dice nada. El pánico la inmoviliza como agujas en los pies.

La escena se repite. Ella la repite. Como un mantra del espanto, sin querer / queriendo.

Entre mamá y papá, la niña se va borrando a sí misma, dislocando a sí misma, hasta que se rompe y cae en piezas sobre el suelo, acá el corazón, allá el estómago, aquí el ojo y ahí un puño cerrado. Siguen sin verla.

Luego la niña se parcha, entra en la casa de su mente y se agazapa tras la puerta, invisible, para repetir una vez más. Pero la parte de ella que es adulta mira de afuera. Decide que ya ha sido suficiente.

Entra en la sala y, dándo la espalda a los padres, toma en brazos a su pequeña. La sostiene. La abraza. Es suya, ha sido suficiente.

Dice que se la va a llevar, y se la lleva. Suficiente.

Y la siente tibia, pequeña y olorosa y la acuesta en su cama y la besa y le canta una nana hasta que se duerme.

Mañana, antes de ir a trabajar, le dará un beso y una taza de leche.