miércoles, 7 de enero de 2009

La escena (Décima sesión)

La escena estaba congelada. Él fumando, quebrado de dolor; ella recién llegada, cerca de la puerta, culposa y desenamorada; el silencio terrible en medio y la nenita escondida tras la puerta. Nadie la ve. Es pequeña y calla.

Sabe que pasa algo muy grave: está aterrada. Cree que se va a quedar sin casa. Cree que él se va a morir de dolor. Cree que ella se va a ir de una buena vez, como querría hacer hace tanto. Sabe. Pero no dice nada. El pánico la inmoviliza como agujas en los pies.

La escena se repite. Ella la repite. Como un mantra del espanto, sin querer / queriendo.

Entre mamá y papá, la niña se va borrando a sí misma, dislocando a sí misma, hasta que se rompe y cae en piezas sobre el suelo, acá el corazón, allá el estómago, aquí el ojo y ahí un puño cerrado. Siguen sin verla.

Luego la niña se parcha, entra en la casa de su mente y se agazapa tras la puerta, invisible, para repetir una vez más. Pero la parte de ella que es adulta mira de afuera. Decide que ya ha sido suficiente.

Entra en la sala y, dándo la espalda a los padres, toma en brazos a su pequeña. La sostiene. La abraza. Es suya, ha sido suficiente.

Dice que se la va a llevar, y se la lleva. Suficiente.

Y la siente tibia, pequeña y olorosa y la acuesta en su cama y la besa y le canta una nana hasta que se duerme.

Mañana, antes de ir a trabajar, le dará un beso y una taza de leche.