jueves, 26 de febrero de 2009

Antibiótico (Interludio con Mar)

Dicen que un estreptococo ingresó a mi organismo. El síntoma está en la oreja, pero el estreptococo se albergaría en mi diminuta nariz, desde donde, hipotéticamente, coloniza los alrededores.

Como quien dice, el imperialismo del estreptococo.

Va de clandestino, de quebraley, y hasta ahora había pasado inadvertido. Desfilo por los departamentos del centro médico y cada profesional, técnico o administrativo va repitiendo incrédulo: "¿¿en la nariz??"

Deduzco que no es común. Pero claro, qué es común en mi sistema, especialmente después de la araña de rincón. Alguien me dijo que ese hecho marcaba un antes y un después: el veneno y la desorganización de mi sistema inmunológico.

En ese momento lo asocié apenas con estas cosas: enfermedades tontas, infecciones arbitrarias, virus y bacterias que nadie más tiene. Soy como un atrapabichos. Pero no: los fallos de inmunidad eran en todo orden de cosas. Tal vez lo más grave era que yo misma me convertí en una enfermedad autoinmune.

Ahora que, sana de adentro, trago cada ocho horas una pastilla para marginar de mi cuerpo al mal bicho invasor (streptococus go home!), dejo atrás mis intoxicaciones homeopáticas y me entrego a mi solo antibiótico efectivo: unos miligramos de sanidad mental.

(La sobredosis nunca es buena...)